viernes, 27 de mayo de 2011

¿VIVA LA DIFERENCIA?

¿VIVA LA DIFERENCIA?

“Y es cosa asombrosa por otra parte: la intolerancia de las masas se exterioriza con más intensidad frente a diferencias pequeñas, que frente a diferencias fundamentales.”
Sigmund  Freud


En nuestra sociedad, donde todavía sigue operando el sistema patriarcal, se tiende a identificar masculinidad y heterosexualidad. Cada hombre tendrá que demostrar que no es una mujer y que no es un homosexual. Por lo tanto, un hombre deberá ser heterosexual, viril, activo, fuerte, dominante, valiente. Para esto es necesario que expulse de sí todas aquellas características que representen debilidad, pasividad, sensibilidad, o cualquier otra cosa que se asocie a lo que culturalmente se construyó como femenino. El varón homosexual, al ser colocado en una posición simbólicamente femenina, constituye la materialización de lo abyecto, quedando proyectado en él aquellas partes inaceptables  de cada hombre heterosexual.


“Una cosa es ser gay y otra es ser una mariquita”

La racionalidad moderna instituyó determinadas antinomias desde donde se lee la realidad, una de esas es el par Heterosexualidad/Homosexualidad. Uno de estos polos ocupa el lugar del ideal, de la identidad,  y el otro polo ocupa el  de lo diferente, lo otro, y por lo tanto, inferior y devaluado. La heterosexualidad es la norma: en su sentido de obligatoria y de normal. Ocupa el lugar de la autoridad simbólica, por ende, el lugar desde donde se juzga la inmensa gama de identidades, prácticas y relaciones sexuales.
Los valores heteronormativos son producidos y reproducidos social, cultural y políticamente mediante las instituciones (la escuela, la familia, la iglesia) y discursos que allí circulan (médico, religioso, pedagógico). Por eso prácticamente todos los sujetos están atravesados por las categorías de pensamiento y apreciación del mundo de los grupos dominantes. Tienen bien en claro cuál es el orden de las cosas: qué es lo que está aceptado y qué no, lo permitido y lo interdicto, lo legítimo y lo ilegítimo, lo superior y lo inferior.
Lo curioso es que así como habría una sexualidad legitima (heterosexualidad) y otras que no (homosexualidad, bisexualidad, etc), se observa la misma división dentro de la homosexualidad. O sea, habría una homosexualidad legítima y otras que no lo son.
Una manera de entender dicho fenómeno es apelando a la psicología de las masas. La mayoría intenta diferenciarse de las minorías y las ubica en un lugar de inferioridad. Para ello se vale de toda una serie de prejuicios, discriminaciones y prácticas segregacionistas. ¿Qué pasa, entonces, con este grupo que queda en un nivel jerárquico inferior y por ende fuera de los privilegios que proporciona responder al ideal de la cultura? Respuesta: Pueden apelar al recurso de menospreciar a un grupo más pequeño dentro del suyo. Obteniendo así un resarcimiento  de los perjuicios que sufren dentro del grupo mayoritario.
Concretamente: Si los hombres homosexuales quedan ubicados en un rango inferior dentro de la mayoría de los hombres, al menos tienen la posibilidad de despreciar a otros que estarían aun más por debajo de ellos. Estos serían los homosexuales afeminados, “pasivas”, “mariquitas”. Si ser homosexual sería una forma precaria y devaluada de ser hombre entonces, ser, encima, afeminado sería una forma precaria y devaluada de ser homosexual.  Si alguna concesión es dada, entonces bien, se podría ser  homosexual, pero cuidado!! No cualquier homosexual!! sino aquél que cumple, al menos parcialmente, con los atributos hegemónicos aceptados y legítimos de la masculinidad. Se toleraría ser gay, pero por favor, que no se note. Ni en lo físico, la vestimenta, gesticulaciones o actividades. Es un intento de “normalización”, que les permite seguir identificados con los grupos hegemónicos (que los sojuzgan y oprimen), a la vez que se diferencian (despreciándolos) de los otros. De esta forma evitan quedar, al menos, en el peldaño más bajo de la jerarquía de status y obtienen una pizca de aceptación social. Satisfacción narcisista, también, a partir de pequeñas diferencias.


Los hermanos sean unidos…

Es tan sorprendente como  fácil de observar la manera en que los homosexuales reproducen entre sí los mismos prejuicios y hostilidades de los que son objeto. Hasta utilizando las mismas palabras e insultos: Puto, maricón, mariquita, trolo. Todas palabras que siempre (aunque se pretenda lo contrario o se usen con otros fines), tuvieron y tendrán una connotación negativa, justamente porque fueron creadas por los grupos dominantes para estigmatizar y difamar. Cualquiera de ellas trae inmediatamente a la conciencia representaciones e imágenes inferiorizadas e inferiorizantes y al reproducirlas refuerzan la asociación de la homosexualidad a significados negativos, devaluados, vergonzantes. Es decir, son los propios sujetos discriminados los que colaboran con el mantenimiento de dicha dinámica y su naturalización, al seguir utilizando los mismos recursos lingüísticos que crearon las mayorías para designarlos difamatoriamente. Muchos homosexuales apelan a dichos recursos para despreciar a otros homosexuales, a la homosexualidad y hasta a sí mismos!!!
Es de suma importancia tomar conciencia de esta  reproducción de la discriminación dentro de la misma minoría ya que aunque parezca inocuo, las palabras que se usan no son sin consecuencias. En principio ya se sabe que el lenguaje refleja las relaciones de poder existentes en lo social. ¿Por qué, sino, no puede usarse como insulto (y si se lo hace, no se ofendería a nadie) gritarle a alguien “heterosexual” y sí es insultante gritarle “puto”?  Por qué para designar a alguien como cobarde o temeroso (atributos negativos) no se le dice heterosexual sino maricón o trolo?  
Para empezar a nombrar socialmente la realidad, los sujetos incorporan las palabras disponibles desde hace mucho tiempo con las que se designa (y estigmatiza) a aquellos individuos que se desvían de la norma o son señalados como “diferentes”. Por eso no se puede subestimar la eficacia del lenguaje. Sobre todo cuando los integrantes de una minoría no pueden nombrarse e imaginarse a sí mismos con otros instrumentos y esquemas de referencia que no sean los de la mayoría.

Para finalizar me gustaría señalar que más allá de los motivos subjetivos y personales que a cada individuo lo llevan a sentir angustia o perturbación frente a lo que le es distinto, ajeno (y no tanto) en el terreno de la sexualidad (que tanto moviliza al ser humano), sería deseable que empecemos de una vez por todas a respetar las diferencias.
Digo respetar y no tolerar ya que tolerar es un acto de poder que  implica una concesión hacia los más débiles. Los derechos no los otorga nadie, sino que se reconocen y se respetan. Si logramos percibir las diferencias en su positividad, podremos enriquecernos unos a otros en nuestra suplementariedad.                                                                                  
                                                                                               Lic. Demián Loiterstein